Al introducir una nueva trama que teje vínculos inesperados con las entregas anteriores, Majesty refuerza la idea de un territorio desértico contaminado, donde los acontecimientos no se suceden, sino que se superponen y se infectan mutuamente. En el corazón de una mitología casi lovecraftiana —en la que el sentido importa menos que la persistencia de un Mal ancestral, ya en acción mucho antes de cualquier investigación—, todo parece estar conectado sin llegar nunca a aprehenderse por completo. El poder de fascinación de la obra de Dutch Marich permanece así intacto, y Majesty se impone como una nueva piedra angular que conduce hacia una quinta (¿y última?) entrega, anunciadora de renovados escalofríos y revelaciones verdaderamente aterradoras.